La paciencia, las finanzas y los Reyes Magos

Se libra una batalla entre el sereno gen de la paciencia y el revoltoso gen de la ansiedad y la urgencia que determina nuestras decisiones en todos los ámbitos de la vida. Y es que la paciencia es una cualidad esencialmente humana, que se refuerza con la práctica y aumenta con la edad, y cuyas consecuencias económicas son muy significativas.

La principal es que genera el ahorro que debidamente invertido consigue que las sociedades se desarrollen. Optimizar este proceso inversor requiere la colaboración de instituciones financieras que ayuden al largoplacista (derechos de propiedad, sociedades anónimas, mercados organizados…). Holanda, Inglaterra o los Estados Unidos han llegado a ser potencias mundiales en parte por ser sociedades que han incorporado la paciencia en su genética social, dejando el espacio para el debate sobre qué procesos deben ajustarse en los ciclos cortos como los políticos y cuales se gestionan mejor desde instituciones con la misión de cuidar del largo plazo.

En el contexto apropiado, por tanto, el atribulado pero paciente inversor confiará en que el mero paso del tiempo asegure que sus activos converjan hacia valoraciones fundamentales, lo que en ocasiones puede tomarse su tiempo. En palabras de Lord Keynes, el mercado puede ser irracional durante más tiempo del que usted puede mantenerse solvente. El reto es mayúsculo cuando además incluimos en la ecuación la miopía con la que apreciamos los beneficios generados en los plazos más largos. Les aplicamos una tasa de descuento crecientemente exagerada, de manera que lo que pueda ocurrir dentro de un buen número de años tiende a importarnos bastante poco.

El impaciente por otro lado se caracteriza por un menor nivel de ahorro y una natural tendencia al endeudamiento para aumentar el consumo a corto plazo. La innovación financiera y tecnológica de las últimas décadas le ha facilitado además la sobreactividad inversora. En 1940 la duración de la cartera media era de 7 años, en 1987 ya era de apenas 2 años y hoy está en torno al medio año. No sólo esto, además se exige que las compañías -cualquiera que sea su sector- se exhiban en el carrusel capitalista con sus resultados trimestralmente, y los consejeros delegados cada vez duran menos. Y es que la impaciencia tiene como plato principal la frecuencia con la que hay información nueva y como postre la liquidez inmediata. Si usted es de los que vigila la evolución de sus inversiones diariamente, está dando de comer a la bestia.

Vamos a los datos. Entre 1993 y 2013, el retorno total anual del S&P500 fue del 9,3%, y el del fondo activo promedio del 8%, reflejando la deducción de los costes de intermediación. En cambio, la rentabilidad del inversor medio se situó entre el 5 y el 6%, lo que no tendría razón de ser si el inversor simplemente mantuviese su ahorro en fondos de gestión activa. Lamentablemente carece de la paciencia necesaria frente a la volatilidad del corto plazo inherente a los mercados, y tiende a desinvertir tras una corrección severa y a entrar nuevamente siguiendo dos o tres ejercicios positivos. No puede esperarse gran cosa si la receta es entrar con valoraciones altas y salir cuando están bajas. Si nuestro inversor hubiera invertido 10.000 euros y permanecido impasible durante los veinte años, habría visto su inversión convertida en 60.000 euros. El inversor medio en cambio se ha conformado con un capital final de 29.000 euros. Un estudio de Fidelity evidenció que entre sus clientes más exitosos estaban muchos que… ¡se habían olvidado de la cuenta!

The dumb money effect

El gen paciente sugerirá (además de la consabida diversificación entre activos y entre momentos de inversión) pensar únicamente en el largo plazo, obviando los sobresaltos diarios. La preocupación principal del ahorrador medio debe ser preservar el capital y si es posible añadirle un retorno razonable, y eso necesita tiempo. Los inversores en el S&P500 han tenido rentabilidades reales positivas en el 77% de los períodos de 5 años, en el 86% de los períodos de 10 años y prácticamente en todos los períodos de 20 años.

El gen le pedirá también evitar que su comportamiento sea alterado por el flujo infinito de noticias, análisis y datos que ayudan a construir predicciones o a explicar aciertos y errores de predicción anteriores. Decía un viejo profesor que la única función de las previsiones económicas es hacer que la astrología parezca una ciencia respetable. Con la volatilidad añadida de los mercados financieros, intuyan el grado de fiabilidad en este campo. Pocas cosas alarman más que esos analistas bursátiles que “llevan más de 20 años en esto” pero que al parecer son capaces de adivinar hacia donde van a ir los valores la semana siguiente.

Su ángel de la paciencia añadirá un tercer consejo. Entre las verdades de la industria está que la bolsa ha sido una gran inversión en términos reales en el largo plazo. Pero debemos considerar el sesgo del éxito: ha sido así sólo en países con una situación política estable y un marco legal y financiero sólido, fortalezas que viajan mal. Los datos que lo respaldan se basan en el exitoso recorrido de los Estados Unidos durante el siglo XX. En realidad las disparidades en los retornos entre países han sido muy grandes, y los episodios de guerras, revoluciones o quiebras han sido determinantes. Francia, Italia, Bélgica o la propia España cuentan con períodos superiores a 50 años en los que el inversor no consiguió retornos reales positivos. El récord lo tiene la hoy próspera Austria: casi 100 años.

Se preguntarán qué tienen que ver la paciencia y las finanzas con los Reyes Magos. Aunque ellos también van cargados de ilusión por un futuro mejor, lo cierto es que poco. Pero les agradezco la paciencia necesaria para llegar hasta aquí, y les deseo un feliz 2015.